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Visto desde afuera: elecciones legislativas en Alemania
Después de cuatro años de coalición entre los dos partidos más grandes[2], un proyecto político estancando, reformas fracasadas y un clima de recesión y crisis económica, se espera que estas elecciones den un nuevo empuje a la política alemana. Pues dada la frustración con el actual gobierno, se pronostica que los ganadores de estas elecciones, al menos respecto al incremento de votos, sean los partidos pequeños[3], quienes jugarán un papel decisivo en la formación del nuevo gobierno. El Bundestag (lo que sería la Cámara de Diputados para el caso mexicano) es el único órgano constitucional federal sometido a votación directa por el pueblo alemán. Esta y otras particularidades se explican si uno toma en consideración la génesis del Estado alemán posterior a la Segunda Guerra Mundial y su Constitución adoptada en 1949. Después del régimen totalitario nacionalsocialista se optó por un sistema parlamentario, con una figura de Jefe de Estado (Presidente de la República) con límites claros en su poder y funciones principalmente representativas. Sin embargo, la investidura más relevante y con más facultades, tanto a nivel nacional como internacional, es la o el Jefe de Gobierno, en la actualidad la Cancillera Angela Merkel (CDU). En el caso alemán, esta figura (que no existe en México) es elegida por el órgano legislativo, es decir, el Bundestag. De ahí la importancia de estas elecciones[4]. El sistema electoral alemán es complejo. Se puede definir como una combinación entre el sistema de mayoría con el de representación proporcional (“representación proporcional personalizada”), parecido al sistema mexicano con candidaturas directas y listas plurinominales. Cada uno de los más de 62 millones de electores alemanes tiene dos votos: uno que podrá usar para elegir a un candidato de su Distrito Electoral (299 en total), elegido por voto directo; y el segundo para apoyar la lista de un partido en su región o estado (Land). Esta es la diferencia con el sistema mexicano, bajo este esquema, uno puede apoyar simultáneamente (sin importar si son totalmente opuestos) de manera individual al candidato de un partido y a la lista de otro (y ambas elecciones se integrarán al mismo órgano legislativo). Así, el reparto de las curules en el Bundestag refleja la proporción de los votos obtenidos por los distintos partidos a través de las listas[5], garantizando tanto el principio de representatividad como el voto personalizado[6]. Otras diferencias sustanciales con el sistema mexicano son: la posibilidad de reelección y el número de curules, pues en el Parlamento alemán no es fijo. ¿Por qué sucede esto? Es resultado de los dos votos mencionados anteriormente, pues si un partido alcanza más votos directos de los que le corresponderían por la proporción obtenida a través de las listas regionales, conserva las curules obtenidas sin que se realice un ajuste en la representación de los demás partidos. Por lo tanto, el Bundestag suele tener más representantes que los 598 previstos en la ley[7]. Como en cualquier otro país –y de manera especial, en el caso de México– las elecciones son un asunto costoso para el Estado:
Pero no son éstas las únicas formas en las que el dinero público interviene en el sistema electoral, y en el financiamiento público de cómo se integra el patrimonio de los partidos. Las normas que rigen el financiamiento de los partidos políticos reflejan el rol positivo que la Constitución alemana les adscribe para la articulación y formación de las voluntades políticas en la sociedad[8]. Con el objetivo de facilitar el arraigo social de los partidos, el Estado subvenciona las cuotas de afiliados y las donaciones de personas físicas con 0.38 (alrededor de 7 pesos) por euro recibido, hasta un límite de 3,300 euros. Pero no existe un tope máximo para el monto de una donación a un partido, debilidad importante del sistema de financiamiento de la política alemana[9]. A este ya de por sí complejo sistema de reglas de representación y financiamiento, además, deben agregarse otras particularidades del caso alemán. Por ejemplo, que existen una serie de subvenciones públicas disfrazadas, como los salarios de las y los diputados, de los cuales deben “donar” una parte de su salario y prestaciones a su partido; o el presupuesto para el trabajo de las bancadas en los parlamentos regionales, nacional y europeo que asciende a más de 250 millones de euros por año. Estos fondos no aparecen en los estados de cuenta de los partidos como tales, lo que dificulta su regulación. Finalmente, se considera problemático que en Alemania la ley no establezca ningún tope para el gasto de las campañas electorales de los partidos, a diferencia, claro está, del caso mexicano[10]. A modo de conclusión se puede decir que el sistema electoral alemán ha probado ser exitoso en términos de garantizar la representatividad y dificultar la mayoría absoluta para un partido, algo que el modelo mexicano ha buscado y conseguido. Esto ayuda a la construcción de acuerdos y formación de coaliciones por parte de los partidos, moderando así posiciones políticas radicales. Pero existen también muchas debilidades, como el elevado y cambiante número de diputadas y diputados, la complejidad para determinar los números de escaños para cada partido después de las elecciones, y los altos –y poco regulados– gastos de las campañas electorales. Como puede apreciarse, a pesar de que los sistemas electorales mexicano y alemán presentan diferencias considerables entre sí, parece ser que hay aciertos, pero sobre todo graves problemas –asociados al dinero en política– que les son comunes.
__________________________________________________________________________________________________________ 1 Es Coordinadora de Desarrollo Institucional de Fundar, Centro de Análisis e Investigación, A.C. / valeska@fundar.org.mx |
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